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Eterna noche, que te levantas con la última diástole
con tus reproches insolentes y absurdos,
tu andar arrogante, soberbio y presuntuoso,
animosa por cada nueva adquisición,
dejando detrás de ti una estela de pena y compunción.

Eterna noche, ¡Oh, Eterna Noche!, tan real,
tan inevitablemente necesaria,
única verdad absoluta en este absurdo de relatividades llamado vida,
martirio impoluto, suplicio limpísimo.

Eterna noche, tú que ya conoces a Mamá Yoya y a Papá Chano
abrázales con la sutileza de la madre que recibe su neonato,
tú que desde tu inmisericorde oscuridad nos observas a todos,
esperando
serena, paciente, sosegada y eterna

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